Funcionarios
Los funcionarios deberían ser felices con ese orgullo y esa felicidad que su actividad procura. Es decir, por sentirse queridos por sus conciudadanos y por el estado, que, a cambio de su esfuerzo, les garantiza una seguridad económica vitalicia que les va a permitir vivir sin zozobras y estabilizar una estructura personal, familiar, etc. Estabilizados ellos, deberán luchar generosamente por estabilizar a los demás. Hasta ahí la teoría. Vayamos a la realidad. Los funcionarios son frecuentemente odiados por la ciudadanía y considerados como unos privilegiados que, habitualmente abusan de su poder y se benefician del mismo. Todas las encuestas así lo demuestran. Además, en estas encuestas se asegura que tratan inadecuadamente a las personas y no resuelven sus problemas sino que se los complican todavía más en demasiadas ocasiones. En cuanto se convierten en tales, están más atentos a mantener sus prerrogativas y privilegios personales y/o corporativos que en conseguir los objetivos generales que les han sido encomendados. Se percibe a los funcionarios como una casta de mandarines que funciona frecuentemente a instancias de intereses propios o ajenos inconfesables, y a través de resortes inadecuados. Como una mafia, vaya. Vista la distancia entre la teoría y la realidad, ¿no habría que cuestionarse en serio el sentido de la funcionarización en las sociedades avanzadas?
Las sociedades avanzadas tienen funcionarios públicos a su cargo que deben velar porque el conjunto de los servicios funcionen adecuadamente. Por eso, las sociedades avanzadas deberían estar orgullosas y satisfechas de sus propios funcionarios.
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